El Entierro del Señor de Orgaz-El Greco

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Mensaje por EURIDICE CANOVA el Jue Ago 04, 2011 9:54 am

El Entierro del Señor de Orgaz-El Greco El_ent10

El Entierro del Señor de Orgaz
El Greco, 1588 -Doménikos Theotokópoulos
Óleo sobre lienzo - Manierismo
480 cm × 360 cm
Iglesia de Santo Tomé, Toledo, España


Algunos autores la han definido esta magnífica obra de arte “no sólo es la obra cumbre de El Greco, sino la obra maestra de toda la pintura”.

El Greco lo pinta en plena madurez artística. Tiene rigor arquitectónico y una unidad extraordinaria a pesar de los dos partes en las que está dividido. En esta obra están presentes todos los elementos del lenguaje manierista del pintor: figuras alargadas, cuerpos vigorosos, escorzos inverosímiles, colores brillantes y ácidos, uso arbitrario de luces y sombras para marcar las distancias entre los diferentes planos, etc.


El Greco está unido a la ciudad de Toledo y, en particular, a la parroquia de Santo Tomé a través de una de sus obras maestras, El entierro del señor de Orgaz. La obra da una visión aristocratizante de la doctrina católica sobre la vida y la muerte, y está estructurada en dos partes: la terrenal y la celestial.


La parte inferior central está ocupada por el cuerpo muerto del noble, que es depositado en el sepulcro por san Agustín y san Esteban. Esto santos sostienen al conde revestido con armadura de adornos dorados. En la dalmática de san Esteban está representada su lapidación y en la capa pluvial de san Agustín las imágenes de san Pablo y san Jaime, autores de las epístolas que san Agustín había estudiado.


El sacerdote que encargó la obra preside las exequias leyendo el libro con los rituales, y lleva bordada en la capa una calavera, la imagen de santo tomé y un escudo. Un fraile franciscano y otro agustino equilibran compositivamente la figura de este sacerdote.


El centro está recorrido por una fila de caballeros, cuyas cabezas separan la escena terrenal de la celestial. Están tratados como si fuesen retratos individuales: vemos a algunos de los españoles más ilustres del momento, lo que sirvió para acercar el cuadro a los feligreses de santo Tomé. Se puede reconocer a Diego de Covarrubias, Antonio Covarrubias, al mismo Greco, que nos mira invitándonos a participar en la ceremonia, y su hijo Jorge Manuel, que señala con el dedo al personaje central.


El enlace de unión entre la tierra y el cielo viene dado por tres elementos: las llamas, la cruz y el alma del difunto. El crucifijo enlaza los acontecimientos terrenales con los celestiales, a la vez que recuerda la resurrección de Cristo, que hace posible la salvación del conde. Las llamas nos llevan el recuerdo de los dones del espíritu santo, enlazando de esta manera el cielo con la tierra. Y un ángel de cabellos dorados sube al cielo, con unas alas de gran realismo, llevando el alma del conde que adopta la figura fantasmagórica de un niño.


En la zona celestial destaca la figura de Cristo, con vestidura blanca, entronizado como juez, que señala a san Pedro, el cual con sus llaves tienen que abrir las puertas del cielo al alma del difunto.


La Virgen María que, envuelta en un manto azul y una túnica de tonos rojizos, atrae la mirada de los santos, hace de intercesora ante el Hijo. A la derecha, un grupo de santos entre los que destaca san Juan Bautista, que señala con la mano izquierda lo que está sucediendo; su carne translúcida tiene la mista textura que las nubes. Cerca del Bautista, san Pablo y san Jaime y, en segundo término, santo Tomás. Entre los otros personajes aparecen el rey Felipe II y el cardenal Tavera.


También están presentes personajes del Antiguo Testamento: entre las nubes, podemos encontrar a Moisés con la vara y las tablas de la Ley, David con su arpa y Noé con el arca. Simétricamente opuestos, aparecen dos personajes arraigados en la devoción popular cristiana, como María Magdalena y san Sebastián.


Esta pintura del Greco reúne las características básicas del manierismo: las figuras se deforman y se retuercen para hacerse más expresivas; el punto de convergencia o simetría ya no está en el centro del cuadro, sino a un lado y hacia arriba, lo que destruye la base de todo ilusionismo escenográfico; el espacio del cuadro ya no es una prolongación del espacio del espectador; las figuras tienen proporciones imposibles: los cuerpos se estiran como si fuesen de materia elástica; las figuras se agrupan en áreas y niveles parciales del cuadro; los colores son de gama fría, fosforescentes y lívidos bajo extrañas luces artificiales.

Dimensión teológica del cuadro  

El cuadro representa las dos dimensiones de la existencia humana: abajo la muerte, arriba el cielo, la vida eterna. El Greco se lució plasmando en el cuadro lo que constituye el horizonte cristiano de la vida ante la muerte, iluminado por Jesucristo.

En la parte inferior, el centro lo ocupa el cadáver del señor, que va a ser depositado con toda veneración y respeto en su sepulcro. Para tan solemne ocasión han bajado los santos del cielo: el obispo san Agustín, uno de los grandes padres de la Iglesia, y el diácono san Esteban, primer mártir de Cristo.

En la tradición bíblica el cuerpo es enterrado, devuelto a la tierra de donde salió, en la espera de ser transfigurado por la resurrección final. El cuerpo humano, que el Hijo de Dios ha tomado al hacerse hombre, ya no es la cárcel del alma, sino la materia animada por el espíritu, la materia que será definitivamente transformada en la resurrección.

A este entierro, dos personajes principales, el Greco nos mira de frente, invitándonos a entrar en el misterio admirable que contemplan nuestros ojos y su hijo, señalando con su dedo al personaje central.

Entre el cielo y la tierra, el lazo de unión es el alma inmortal del señor de Orgaz, figurada como un feto que es llevado al cielo por manos de un ángel, a través de una especie de vulva materna que le dará a luz a la vida eterna del cielo. La muerte aparece así como un parto, como un alumbramiento a la luz eterna en la que viven los santos. Trance doloroso, pero lleno de esperanza.

En la parte superior, el pintor describe el cielo, la vida feliz de los bienaventurados. Aparece Jesucristo glorioso, luminoso, vestido de blanco, entronizado como juez de vivos y muertos. Es el Señor de la vida y de la historia de los hombres. A Él se le ha dado la capacidad de juzgar a los hombres, y lo hace con misericordia, como lo muestra su rostro sereno y su mano derecha que manda al apóstol Pedro, jefe de su iglesia, que abra las puertas del cielo para el alma del conde difunto.

La madre de Jesucristo, la Virgen María, acoge maternalmente el alma del señor que llega hasta el cielo. En este alumbramiento a la vida eterna, Dios ha confiado a María la tarea de madre. Ella es para nosotros el rostro materno de Dios.

Los bienaventurados miran fascinados y adorantes a Jesucristo el Señor.

El conjunto del cuadro invita a la contemplación de un misterio que nos es dado, de una verdad que nos es comunicada: el hombre ha nacido para la vida. El hombre no es un ser para la muerte. E incluso cuando ha de traspasar el umbral de la muerte, no lo hace en solitario, sino que junto a él para ayudarle está Jesucristo, redentor del hombre, su Madre santísima, que es también nuestra madre, y todos los santos del cielo, nuestros hermanos mayores. Somos miembros de la familia de los santos, para que vivamos santamente nuestro camino por esta vida.

El Greco ha conseguido transmitirnos en esta su obra maestra un mensaje de esperanza, la esperanza que brota de la buena noticia de Jesucristo, señor de la vida y de la historia.

La iglesia de Santo Tomé aparece citada en el siglo XII, aunque su configuración actual fue acometida a principios del siglo XIV por el propio Señor de Orgaz, que añadió el actual campanario cristiano al antiguo alminar musulmán.


Última edición por EURIDICE CANOVA el Sáb Nov 09, 2019 10:56 pm, editado 4 veces
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